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Me está mirando IX

Le tocaba hacer guardia esa noche, aunque hubiera preferido quedarse en su casa tirada en el sofá viendo su programa musical favorito. Mac Farlane estaba medio adormilada en su mesa delante de la pantalla del ordenador. Gertrud, la enfermera de guardia, se acercó para llevarle un café caliente. Al depositar la taza sobre la mesa un ruido extraño llamó su atención y la de Mac Farlane que dio un respingo.
-Gertrud, acércate a ver qué pasa-dijo bostezando con cara de fastidio. -Parece que la doctora Svenson está aún en su consulta-contestó Gertrud.
-No digas tonterías, la doctora se fue hace más de una hora, anda vete a ver qué pasa.
Respiró hondo y se dirigió hacia el despacho de la doctora Svenson, por un momento creyó oír la risa de un hombre, pero las luces del despacho estaban apagadas. Abrió la puerta y encendió la luz, no había nadie. Se sobresaltó cuando de repente una ráfaga de aire hizo que se movieran las cortinas las cortinas y los papeles que habían sobre la mesa volaran cayendo…

Acto de rebeldía

    


¡Demuéstrales a todos de lo que eres capaz!
 Hubo un tiempo en que lo tuvo todo: fama, prestigio, dinero y una familia maravillosa que lo adoraba. Sus novelas se vendían con éxito en todo el mundo, no había idioma al que no se hubieran traducido. 
No pudo digerir el éxito, las fiestas en honor a las ventas millonarias, los viajes de promoción, le fueron apartando de lo que más quería en el mundo: su mujer y sus hijos. La presión de la Editorial se hizo cada vez mayor, había vendido su alma al top de ventas, se sentía utilizado. Y aunque cosechaba grandes éxitos,sin embargo no era feliz, sentía que se estaba perdiendo lo mejor de su vida,su familia.
 La asistencia a las fiestas con motivo de las promociones de sus libros hizo que se alejara cada vez más de lo que él quería, sentía que se contradecía en sus acciones, y eso le hacía sentirse mal consigo mismo. Al poco tiempo, empezó a beber y hacerse asiduo de fiestas y saraos de todo tipo, lo que le alejó definitivamente de amigos y familia.
    Decidió irse lejos, se tomaría un tiempo para recapacitar sobre qué quería hacer en la vida; pero sobre todo, para pensar como recuperar de nuevo lo que más quería, su mujer y sus hijos.
     Alquiló un apartamento en la costa, en primera línea de playa. Los primeros días se dedicó a deambular por el paseo marítimo y el puerto. Le relajaba pasear sintiendo la brisa del mar en su rostro. Eso le hacía olvidar todos los problemas, todos menos uno, que no tenía a su familia con él.
   Era sábado, y como todos los sábados bajó a la cafetería de la esquina. Ese día solía darse un festín de chocolate con churros mientras leía el periódico. Empezó a leer y vio un anuncio de un concurso de relatos cortos. Después de echarle un vistazo decidió que lo intentaría. Quería probar si todavía podía escribir algo interesante. En ese momento llegó Ricardo -un vecino con el que solía ir a pescar los sábados- que ya tenía todo preparado para la jornada de pesca.
   Después de una buena tarde de pesca se duchó, para quitarse la arena de la playa, y luego se puso a cenar. Mientras cenaba una buena ensalada con unos huevos fritos, empezó a madurar la idea del relato. Cuando terminó la cena, recogió todos los platos y los metió en el lavavajillas; ya estaba listo para ponerse a escribir.
    Tenía sus folios puestos sobre la mesa. Ahora se enfrentaba al folio en blanco. Empezó a escribir el relato:
El robo de la Gioconda.

   Nueve de la mañana, apenas ha podido pegar ojo después del acontecimiento inesperado. El robo en el Museo del Louvre era lo que menos podía esperar. Se habían tomado muchas precauciones desde el último suceso, nadie podía esperar una cosa así y menos que alguien pudiera robar el famoso cuadro de Leonardo. El  inspector...

   En este momento, se paró el relato, no sabía como describir al inspector de policía, ni como abordar el hecho del robo. Se fue a la cocina y se echó un trago de Brandy. Volvió al salón y para su sorpresa había escrito algo en el papel que él no recordaba haber escrito.
-¿Qué amigo te decides ya a darme vida o piensas tenerme así toda la noche?
  No podía dar crédito, pero cómo era posible aquello. Al cabo de unos segundos vio aparecer ante sí otra frase.
- Si soy yo el inspector, me acabas de dar vida, solo me falta el nombre, si es que te decides , ¡Aaaah que tienes miedo! ¿nooo? Reconócelo tienes miedo de enfrentarte al reto de escribir de nuevo, de que no seas capaz de escribir algo interesante.
Pero qué insolencia era aquella, un personaje se atrevía a cuestionar su obra y, más aún, su vida. Enfurecido empezó a hablar con aquel insolente inspector.
- Y,¿quién te ha dado permiso a ti para decirme lo que tengo o no tengo que hacer?.
  Pero al cabo de unos segundos, el inspector le volvió a enviar otro de sus mensajes, esta vez algo más contundente.
-¿Quieres seguir lamentando toda tu vida que no hiciste nada para salir de ese pozo en el que te has hundido? ¿o quieres darle la razón a esas sanguijuelas que te chuparon la sangre dejándote sin nada, desprestigiándote y mofándose públicamente de que ya no eres capaz de crear nada? ¡Venga  no seas cobarde y lucha por lo que quieres! Si es que de verdad lo quieres.
Aquello le hizo estallar de ira, y cogió el papel lo arrugó y lo tiró a la basura. Estaba furioso no podía soportar que alguien le dijera todas aquellas cosas. Aunque en realidad estaba furioso consigo mismo, por no luchar, por darse por vencido con tanta facilidad. Decidió irse a dormir y ya mañana lo intentaría de nuevo, ahora estaba demasiado aturdido para escribir nada.
  A la mañana siguiente, se levantó con dolor de cabeza por la resaca de la bebida, había bebido demasiado la noche anterior. Recordó lo que había pasado, se preguntó si no había sido todo aquello producto de su imaginación, si era nada más que su remordimiento de conciencia, por no haber sabido enfrentarse a sus miedos, por haber sido un cobarde. Fue hasta la cocina y cogió el papel arrugado, y allí esta todo escrito, pero le llamó la atención una pequeña mancha de tinta roja. Cogió el folio y lo alisó, lo apartó y cogió otro folio, pero advirtió que habían marcas de escritura. Por curiosidad, cogió un lápiz y como un detective pasó suavemente el lápiz sombreando las marcas para poder leer aquello. Había escrito ¡Ayúdame, no me mates aún! Dio un respingo, era el inspector que estaba ahí comunicándose otra vez con él. Así que decidió escribir el relato sobre lo que le había pasado, le haría ese favor a su inspector rebelde. Al fin y al cabo era él quien le había hablado claro, quien le había abierto los ojos.
  


Comentarios

  1. ¿Continuará? ya me dejaste hasta con ganas de leer el relato sobre el inspector... :)

    Montones de besos.

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  2. Lo del inspector ya me lo pensaré.... si casi me descuido y escribo el relato del escritor con eso te lo digo todo.

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