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En el nombre de la fe


    
 Embarqué a Tierra Santa con la misión de proteger a las caravanas de los peregrinos y preservar los lugares sagrados de las garras de los infieles; al menos eso me dijeron. En nombre de nuestro Señor, nos comprometimos con tan encomiable misión. Henchido de la vanidad y el orgullo propios de la juventud, me armé de valor y decidí unirme a las milicias que se estaban formando para viajar a Tierra Santa. Caballero de la Orden del Temple me ordenaron, y con orgullo porté mi reluciente armadura y las enseñas propias de la Orden. Pronto me encontraría en el puerto del que habría de partir en pocas horas, allí miles de almas inflamadas de valor y coraje emprenderíamos nuestro viaje a las Cruzadas, a combatir a los infieles que amenazaban las rutas comerciales y las caravanas de peregrinos.
      El viaje se me antojó eterno, no exento de peligros. Varias tormentas nos acecharon con virulencia, hubo una noche en la que la llegamos a temer por nuestras vidas. Luego al despuntar el día, llegó la calma y el viento a favor, que durarían hasta llegar a desembarcar en un luminoso puerto. Desde allí emprendimos de nuevo el viaje, esta vez a través de un tortuoso y polvoriento camino, el calor se hacía insoportable, asfixiante. Para evitar quedarnos sin agua, tuvimos que ir racionando su consumo, pero al final de tan azaroso viaje pudimos por fin llegar a nuestro destino....Jerusalem.
      Al llegar a la ciudad, me puse bajo el mando de Balián de Ibelín, para mí fue un inmenso honor servir a tan valeroso caballero. Pero al poco me daría cuenta de quienes movían en verdad los hilos de nuestras vidas, y descubriría que nuestros destinos se hallaban en manos de la ambición desmedida y la lucha por el control de unos territorios estratégicamente vitales para el comercio.
     Aquellos hombres investidos de autoridad divina, no deseaban otra cosa que ostentar el poder sobre reyes, ejército y el pueblo, olvidándose de sus votos de humildad y obediencia a los mandatos de Nuestro Señor. No, no se veían en sus obras esa humildad y obediencia divina que ellos exigían y rogaban a los demás, en sus obras solo se veía el veneno ponzoñoso del deseo de obtener el poder, que destila en quien lo bebe la sumisión a sus más oscuros instintos y provoca la corrupción del alma en cuyas venas se propaga. Aquellos hombres en verdad no servían a Dios, sino a sí mismos.
   Entre medio de aquel infierno diario de incursiones a cargo de los hombres de Saladino, encontré un oasis de paz, de sosiego, los ojos negros de mi amada. Ella era una doncella al servicio de la esposa de mi señor  Balián. Estaba hipnotizado por esa mirada, no podía pensar en otra cosa que buscar el instante en que me obsequiara con la visión de sus hermosos ojos. Era ella la única que me hacía olvidar aquella locura en la que me veía envuelto. 
   Empezaron los ataques cada vez más frecuentes a la ciudad. Fue en esas incursiones, en las que pude combatir cara a cara con los infieles. En sus ojos pude ver la misma sensación de miedo y al mismo tiempo de odio que nos impulsaba a matarnos unos a otros, para luego como buitres carroñeros saquear los despojos de los cuerpos destrozados y diseminados en el campo de batalla. 
  Al principio, repelíamos todos los ataques y conseguíamos buenos botines. Fue entonces cuando me di cuenta de que aquella idea que nos hizo embarcar a Tierra Santa había ido transformándose para muchos de nosotros, o quizás de todos. Algunos solo pensaban en volver a sus ciudades de origen convertidos en ricos señores, comprar grandes casas y terrenos acordes con su nueva posición. Ciertamente, de aquellos jóvenes idealistas ya no quedaba nada, solo hombres que luchaban por sobrevivir en una tierra hostil, que servían a los intereses de señores cuya ambición era cada día mayor. Me fui volviendo insensible al dolor, al sufrimiento. Aquellos a los que nosotros llamábamos infieles, les sucedía lo mismo. Ellos también luchaban en nombre de la fe a su dios, al que llamaban Alá, y lo hacían con la misma fiereza que lo hacíamos nosotros los cruzados, y al igual que nosotros también se comportaban como buitres entre la carroña buscando algún botín con el que celebrar su victoria. Llegué a la conclusión de que no eramos tan distintos, de que eramos simples marionetas cuyos hilos mueven los poderosos a su antojo.
 Tras el desastre de Sephoria, Saladino se dirigía a Tiberíades. En un principio, el rey pensó que lo mejor era dejar caer la ciudadela para no caer en la trampa de Saladino, pero al final Gerardo de Ridefort, le convenció de que debía atacar. Y ahí empezaría el final del reino cruzado en estos territorios. Fue algo espantoso, jamás vi tal horror, Saladino había capturado a Reinaldo de Châtillon, eran grandes enemigos. Saladino no le perdonó la muerte de su hermana y en venganza le cortó la cabeza. Ya solo quedaba que Saladino se hiciera con el control de la ciudad y aunque mi Señor Balián resistió como pudo, al final rendimos la ciudad a cambio de que permitiera a todos cuantos nos hallábamos tras las murallas preservar la vida y volver a nuestras ciudades de origen. Y así se perdió el último bastión de los reinos cristianos en Tierra Santa. Volví a mi tierra natal, lo hice con la mujer que amaba y pude tener al fin una vida tranquila lejos de aquellos recuerdos de sangre, sudor y lágrimas. 
 Años más tarde se volvió a formar una cruzada guiada por Ricardo I de Inglaterra, al que muchos llaman  Ricardo Corazón de León, trataron de convencerme para dirigir mi propio ejército, pero yo me opuse a formar parte de otro desastre inútil.

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