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Me está mirando IX

Le tocaba hacer guardia esa noche, aunque hubiera preferido quedarse en su casa tirada en el sofá viendo su programa musical favorito. Mac Farlane estaba medio adormilada en su mesa delante de la pantalla del ordenador. Gertrud, la enfermera de guardia, se acercó para llevarle un café caliente. Al depositar la taza sobre la mesa un ruido extraño llamó su atención y la de Mac Farlane que dio un respingo.
-Gertrud, acércate a ver qué pasa-dijo bostezando con cara de fastidio. -Parece que la doctora Svenson está aún en su consulta-contestó Gertrud.
-No digas tonterías, la doctora se fue hace más de una hora, anda vete a ver qué pasa.
Respiró hondo y se dirigió hacia el despacho de la doctora Svenson, por un momento creyó oír la risa de un hombre, pero las luces del despacho estaban apagadas. Abrió la puerta y encendió la luz, no había nadie. Se sobresaltó cuando de repente una ráfaga de aire hizo que se movieran las cortinas las cortinas y los papeles que habían sobre la mesa volaran cayendo…

La huida

Nubes de ceniza,
 el viento airado
mece violento
todo lo que encuentra a su paso.
Corre sin descanso,
entre peñas y matojos
sendero abajo
con los pies descalzos.
Una bruma de desesperación
le ahoga el pecho,
ahora o nunca
y sigue sin descanso.
El miedo sobre los hombros,
el corazón palpitando
una jauría enfurecida 
tras sus pasos.
Serpenteante el sendero,
jadeando de cansancio;
las piedras, en los pies
y en alma se van clavando.
La niebla de la mañana,
como humo gélido
penetra en su cuerpo
a la vez que la ocultan
como un blanco velo.
Los oye,
si, están ahí
cada vez más cerca,
pero no puede verlos
porque su miedo la ciega.
Y ella corre,
corre cada vez más rápido,
y la maleza a jirones
su vestido desgarra,
convirtiéndolo en harapos.
En sus muñecas
las cadenas pesan
y los pies ya hinchados
sangran sin compasión;
el dolor la va quebrando.
Y al llegar al precipicio
oye a sus captores 
que la van cercando.
Es ahora o nunca,
mirando al infinito
cierra los ojos
y se lanza al vacío
precipicio abajo.
El mar la recibe
acunándola en sus brazos,
y una sensación de paz 
le envuelve; ya está a salvo.
Una luz la ciega,
unos ojos la están mirando;
el calor vuelve a su cuerpo,
alguien la está curando.
Al volver en sí, 
descubre una anciana
que la sonríe
y le habla en un lenguaje extraño.
Pero eso no le importa,
ahora está feliz
en una tierra extraña,
pero libre al fin y al cabo.


Comentarios

  1. Libertad a cualquier precio? Supongo que en determinadas circunstancias, sí, no?

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    1. Sí, en algunas sí. Pensemos en ciertas situaciones en las que te rebajan como ser humano y te convierten en nada..

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  2. La vida y sus injusticias, que nos atenazan y amordazan, que nos cortan las alas y nos convierten en esclavos de la vida misma. ¡Cuántas veces he sentido algo similar a lo que cantas en tu poema! Porque la vida no es fácil ni nos la ponen fácil, sin embargo no nos queda más remedio que luchar, que hacer frente a las adversidades y a todos aquellos que intentan coartar nuestra “libertad”. Libertad, entrecomillada porque en este mundo que nos ha tocado vivir nunca seremos libres y siempre estaremos encadenados por un sistema que nos coacciona y nos estrangula. Sí, Isabel, yo también he huido intentando dejar atrás mis fantasmas, aunque nunca he saltado al vacío. Siempre he sacado fuerzas para enfrentarme a mis perseguidores y armado de rebeldía he encontrado el coraje necesario para vislumbrar un tenue rayo de esperanza al cual me aferro con fuerza para seguir luchando en la selva depredadora de la existencia.

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    Respuestas
    1. Ciertamente no, la vida no es fácil, es bastante compleja y una continua lucha. Lo que está claro es que nunca hay que desfallecer y seguir adelante, no nos queda otra.

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Doradas a la sal y salsas para acompañar a las doradas

NOTA: esta receta se puede hacer con lubina, dorada y  con lisa o mújol. Y se les puede acompañar con patatas, verduras o con lo que mejor gustéis. Si quieres imprimir esta receta está disponible en:https://www.facebook.com/algomasquecuento
Ingredientes (para cuatro personas)4 doradas de 400 g. aprox. -sal para cocinar al horno (suelen ser de dos kilos y se venden en cualquier supermercado). Preparación:
   Colocamos las doradas enteras (con su piel) en una bandeja de horno cuyo fondo esté cubierto de la sal. Un truco para que no tengamos luego que pasarnos mucho tiempo limpiando sería cubrir previamente la bandeja con papel de horno y luego cubrirlo con la sal.    A continuación, cubrimos los pescados con el resto de la sal, pero atentos, tenemos que dejar el ojo del pescado al descubierto, pues cuando el ojo se ponga blanco eso nos indicará que el pescado ya está hecho.


   Una vez que lo tenemos cubiertos, lo entramos en el horno que lo habremos pre-calentado previamente, y lo pondremos a