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Me está mirando IX

Le tocaba hacer guardia esa noche, aunque hubiera preferido quedarse en su casa tirada en el sofá viendo su programa musical favorito. Mac Farlane estaba medio adormilada en su mesa delante de la pantalla del ordenador. Gertrud, la enfermera de guardia, se acercó para llevarle un café caliente. Al depositar la taza sobre la mesa un ruido extraño llamó su atención y la de Mac Farlane que dio un respingo.
-Gertrud, acércate a ver qué pasa-dijo bostezando con cara de fastidio. -Parece que la doctora Svenson está aún en su consulta-contestó Gertrud.
-No digas tonterías, la doctora se fue hace más de una hora, anda vete a ver qué pasa.
Respiró hondo y se dirigió hacia el despacho de la doctora Svenson, por un momento creyó oír la risa de un hombre, pero las luces del despacho estaban apagadas. Abrió la puerta y encendió la luz, no había nadie. Se sobresaltó cuando de repente una ráfaga de aire hizo que se movieran las cortinas las cortinas y los papeles que habían sobre la mesa volaran cayendo…

Un día de playa cualquiera (II).







 Publicado por Domingo Descanso para Crónicas de Villatortas del Sordete.es

    Como lo prometido es deuda, hoy vamos a hablar de otro tipo de playa. Me refiero a ese tipo de playa supuestamente tranquila en la que la tónica dominante son las familias que buscan pasar un día pacífico y agradable a la orilla del mar.

   Dado que tu experiencia ha sido horrorosa, optas por salir huyendo de aquella playa como alma que lleva al diablo, y vas y te trasladas a otro lugar del que te han hablado maravillas.

   Llegas al paraíso soñado y decides por si acaso levantarte temprano. Por aquello de que hombre prevenido vale por dos. 


 Llegas a la playa y no puedes creerlo solo hay dos o tres sombrillas desperdigadas por toooda la playa. Eliges estratégicamente el sitio y clavas tu sombrilla más feliz que una perdiz.

   Te das un baño que a esas horas es lo más relajante que puedas imaginar y te sientes zen total hasta que llega otro bañista, que mira tú por dónde decide que el mejor sitio es al lado tuyo, ahí lo más pegado posible. 

¿Es que no tenía otro sitio? Pues sí, tenía toooda la playa libre. Pero decidió hacerte compañía por aquello de que no es bueno que el hombre esté solo.
  Sales del agua y saludas educadamente, porque la educación nunca ha de perderse; aunque últimamente no esté muy de moda.

   A medida que transcurren los minutos la playa se va llenando, y curiosamente, se van arremolinando en tu zona hasta que terminas engullido por la multitud. Lo más curioso es que te das cuenta que hay zonas de esa playa en la que hay muuucho espacio libre, pero tú estás más apretado que el traje de un torero. Decides embadurnarte bien de protector solar pantalla total para no acabar como el gambón rojo alemán que tienes frente a ti todo espatarrado a pleno sol.

  Te pones bajo tu sombrilla a leer un rato para no sufrir viendo la parrillada alemana a pleno sol, y notas como en lo más interesante de la trama de la novela el aire que te llegaba del hueco libre de la derecha ya no te llega. Levantas la mirada y ves un señor con camiseta blanca aderezada con vegetación oscura y espesa, siete churumbeles, la mujer, un cuñado níveo y enclenque, la suegra y un caniche borde. Acabas de quedarte tan de piedra como tu vecino que está tan pasmado como tú.
  Decides no darle importancia al felpudo con camiseta blanca y sigues a lo tuyo. El gambón alemán está en fase de ebullición total.

 De repente, un grito que atraviesa la barrera del sonido te deja al borde del colapso…”Jeeeeennnnyyyy ven pacá pa fueraaaa shiquillaaaa que te vas ajogaaaá”. La suegra del vecino te acaba de asesinar el tímpano. Bueno a ti y a media playa.  Tu vecino anda corriendo detrás del marcapasos que huye espantado por toda la playa.

  Una vez que la familia del señor con suegra chillona acaba de ocupar tu espacio vital, el de la gamba alemana al borde de urgencias y el de un matrimonio de jubilados deciden empezar el sagrado ritual del aperitivo. Ante tus ojos la mesa de campo-o la de comedor-se llena de aceitunas, tortilla de patata, ensalada de tomate con atún, boquerones con anchoas (matrimonio), cervezas, refrescos de naranja, sandía y melón. Como es natural a ti y al resto de los mortales se os salen los ojos de las órbitas. Como desayunaste tan temprano te quedas babeando como un tonto y el de la camiseta que devora aquello como una fiera se percata de ello y te dice que solo es el aperitivo y te invita. Tu rechazas la invitación cortésmente y te vas al agua un rato para disimular.

     Te vuelves a relajar y cuando te das cuenta hay dos personas mayores que te saludan como si te conocieran. Se trata de la vieja del turbante azul y la sueca de las brevas al aire que se encuentran en la playa de excursión con un grupo de jubilados. Te preguntan cómo estás y aprovechan para invitarte a comer paella con el grupo. Intentas excusarte pero insisten diciéndote que la nieta de la sueca que veranea en esa playa también se unirá.

    Miras al fondo el panorama que tienes alrededor y optas por aceptar. Prefieres aguantar a una pequeña valquiria y un grupo de jubilados que a la gamba quemada y al felpudo con suegra chillona y toda la prole.

   Sales para secarte y recogerlo todo para ir a comer. Ves con alegría que la familia y sus churumbeles acaban de levantar el campamento. Al llegar a la sombrilla detectas un olor nauseabundo,  al mirar a tu alrededor ves a tu vecino que está de color amarillo cabreado, el alemán  jurando en arameo-aunque ni conoces el alemán, ni el arameo-lo sabes, lo intuyes porque hay un olor a mierda que no hay quien aguante. Detrás de tu sombrilla yace el cuerpo del delito: un pañal doblado; amén de toda clase de desperdicios que el felpudo y familia se han molestado en dejar amontonadito detrás de tu sombrilla a modo de regalo. En ese instante terminas repasando todo el árbol genealógico de la familia felpudo, aunque no la conozcas, ni falta que te hace.

    Después del disgusto, respiras, recoges tus cosas y te marchas camino del restaurante a comer con aquellas viejecitas simpáticas a las que conociste en aquella playa tipo avispero y de la que saliste huyendo a toda prisa.
     Cuando llegas al restaurante que tienen reservado te encuentras con las dos mujeres que te están esperando junto al resto de jubilados. Pasáis a una terraza al aire libre, cosa que agradeces porque hay muy buen ambiente a esa hora.

     Una vez sentados, compruebas que tienes una silla libre a tu lado, por lo que deduces que te ha tocado al lado de la nietecita de la sueca.  Llega la paella, pero a ti se te van los ojos a una chica morena de ojos azules que hay detrás de los camareros. Lo que no esperas de ninguna de las maneras es que la morenaza se siente a tu lado ni mucho menos. Te quedas como pasmado sin saber que decir. Bueno, dices hola con cara de tonto. Ella se ríe y saluda en su español con acento sueco. No crees en tu buena suerte, así que por si acaso miras a tu alrededor, y cuando compruebas que no hay ninguna cámara que indique que se trate de una broma disfrutas del momento y de la compañía. Y como le has caído bien a la morenaza le pides su número de teléfono.

      Los dos estáis veraneando en la misma playa, así que la invitas a cenar y quedáis. Como la velada ha ido bien la invitas a bailar a una discoteca de moda, os divertís de lo lindo, congeniáis  y….hasta aquí puedes leer. 

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Comentarios

  1. ¡Me cachis! ¿Hasta aquí puedo leer? Pero si esto se estaba poniendo interesantísimo... en fin, la morenaza de ojos azules era un justo premio para el pobre desgraciado que lo único que quería era relajarse y disfrutar de un apacible día de playa. A lo mejor la morenaza y nuestro amigo fueron felices y comieron perdices y todo... ¿quién sabe?

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    Respuestas
    1. Es que a este reportero le pasan unas cosas bastante curiosas y luego en lo mejor de la historia va y nos deja con la miel en los labios.
      Le he enviado a hacer algunos reportajes más, así que creo que habrá más noticias veraniegas...¿Seguirá con la morenaza?
      Esperemos que esta vez cuente algo más.

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   Colocamos las doradas enteras (con su piel) en una bandeja de horno cuyo fondo esté cubierto de la sal. Un truco para que no tengamos luego que pasarnos mucho tiempo limpiando sería cubrir previamente la bandeja con papel de horno y luego cubrirlo con la sal.    A continuación, cubrimos los pescados con el resto de la sal, pero atentos, tenemos que dejar el ojo del pescado al descubierto, pues cuando el ojo se ponga blanco eso nos indicará que el pescado ya está hecho.


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