Ir al contenido principal

Me está mirando IX

Le tocaba hacer guardia esa noche, aunque hubiera preferido quedarse en su casa tirada en el sofá viendo su programa musical favorito. Mac Farlane estaba medio adormilada en su mesa delante de la pantalla del ordenador. Gertrud, la enfermera de guardia, se acercó para llevarle un café caliente. Al depositar la taza sobre la mesa un ruido extraño llamó su atención y la de Mac Farlane que dio un respingo.
-Gertrud, acércate a ver qué pasa-dijo bostezando con cara de fastidio. -Parece que la doctora Svenson está aún en su consulta-contestó Gertrud.
-No digas tonterías, la doctora se fue hace más de una hora, anda vete a ver qué pasa.
Respiró hondo y se dirigió hacia el despacho de la doctora Svenson, por un momento creyó oír la risa de un hombre, pero las luces del despacho estaban apagadas. Abrió la puerta y encendió la luz, no había nadie. Se sobresaltó cuando de repente una ráfaga de aire hizo que se movieran las cortinas las cortinas y los papeles que habían sobre la mesa volaran cayendo…

¡Me está mirando! (II)


La mañana había sido un ir y venir de agentes de policía, prensa y curiosos. La tarde no se presentaba mejor, en la consulta de la doctora Svenson, el oficial Alan Smith, esperaba impaciente a la doctora. El diván de cuero negro de la consulta contrastaba con el blanco impoluto de la pared y el resto del mobiliario, solo la silla de escritorio de la doctora y las dos de los acompañantes de color azul oscuro parecían dar una leve nota de color. Sobre la mesa un par de hojas en blanco y un bote con bolígrafos, un teléfono de color gris y una agenda con dibujos con mandalas de distintos colores. Seguía curioseando cuando de improviso, se abrió la puerta. El oficial se giró sobresaltado.
-Buenas tardes doctora, supongo que le habrán avisado, soy Alan Smith el oficial encargado del caso.-Dijo él tendiéndole la mano-.Sé que ya ha hecho su declaración en la comisaría, pero me gustaría hacerle unas preguntas si no le importa.
-Buenas tardes oficial, sí ya me ha avisado el doctor Alvarado, pero siéntese por favor.
Parecía cansada, se había pasado la mañana declarando en comisaría y ahora estaba ese oficial  medio calvo y con cara de pocos amigos husmeando por el hospital. Aún no sabía el resultado de la autopsia, pero la enfermera McFarlane le había contado que el Sr. Martín había aparecido con un corte en el cuello.
-Usted dirá- dijo mostrándose lo más afable posible.
-Verá, según tengo entendido usted estuvo atendiendo al paciente la noche antes del suceso, el celador me dijo que salió de su despacho bastante alterado y...
-Quiere saber la causa- interrumpió ella. 
-Sí, me gustaría saber qué fue lo que lo alteró tanto.
-Una simple lámina con manchas de colores. -Contestó mirando fijamente al fondo de la habitación como si no creyera lo que había sucedido-.Le hice el test de Roscharch y todo iba bien, me llamaron por teléfono y el paciente tomó una de las láminas que utilizamos para el test y comenzó a gritar histérico que la mancha quería cortarle el cuello.
-¿No hubo nada más?-Insistió el oficial.
-No, nada más. 
-¿No le resulta extraño?
-Explíquese, no le entiendo-se defendió la doctora. ¿Acaso estaba sospechando de ella? 
-Supongo que le habrán informado de que el Sr. Martin fue encontrado con un corte en el cuello.
-Sí, pero no creo que una mancha haya podido hacer eso-contestó con tono irónico.
-Una mancha no, pero sí una persona.
-¿Está usted insinuando algo oficial?
-No insinúo, afirmo-contestó tajantemente. 
La estaba observando y se fijó en sus grandes ojos verdes que parpadeaban sin parar. Estaba nerviosa, no podía ocultarlo.
-El paciente padecía de esquizofrenia y pudo muy bien suicidarse, no sería el primero ni tampoco el último. Hace tres meses una paciente con esquizofrenia paranoide se suicidó de una manera similar. Dejó una nota de suicidio.
-Cuántos suicidios ha habido en este último año en el hospital ¿podría decírmelo?
-Tres sin contar con el Sr. Martin.
-¿Pacientes suyos?
La doctora frunció el ceño en gesto de desagrado, no le estaba gustando la conversación. Aquel oficial le estaba resultando molesto.
El oficial Smith por su parte parecía muy cómodo con la situación. Tomaba notas en un cuadernillo con tapas de plástico azul. Luego miró a su alrededor como buscando algo.
Se arrascó la coronilla y luego hizo un gesto como si de repente se acordara de algo.
-Perdone doctora, me ha dicho que estaba haciendo un test cuando el paciente se alteró.
-Sí, el test de Roscharch
-¿Podría ver las láminas del test?-sugirió él.
-Por supuesto.
 Se levantó y fue al archivador de color blanco pegado a la ventana, abrió la puerta del mueble y sacó la carpeta de cuero negro. La colocó sobre la mesa de su despacho y la abrió.
-Aquí las tiene, puede verlas si quiere. 
Estuvo hojeando todas las láminas. Una a una. Contó nueve láminas: la mayoría eran de color oscuro. Parecían muy antiguas. 
-No entiendo como de estas láminas pueden ustedes hacer un diagnóstico de la personalidad.
-Si quiere hacemos una prueba-le retó la doctora mientras subía con el dedo índice las gafas que se empeñaban en resbalar continuamente por la nariz.
-No gracias.
-¿Tiene miedo de algo?
-Si tuviera miedo no tendría esta profesión ¿no cree usted?
-Me refiero a que el test revele aspectos de su personalidad, no pongo en duda su valentía para afrontar los peligros de su profesión.
-Estas láminas parecen muy antiguas.
-Sí, me las regaló mi madre. Eran de mi abuela. Se quitó las gafas y las dejó sobre la mesa. 
-Intuyo que su abuela también era psiquiatra.
-Sí, lo era. Fue directora de este mismo hospital.
-Curioso.
Miró el reloj, se hacía tarde y el oficial Smith tenía otra cita a trece kilómetros del hospital. Le esperaba un agente inmobiliario que tenía información de otro caso relacionado con otro homicidio ocurrido en unos apartamentos del centro de la ciudad. 
Se colocó su gabardina de color crema y se atusó el bigote. Luego se despidió de la doctora. Sabía que ella le ocultaba algo, él también le había ocultado que la policía científica le había informado que la herida en el cuello del Sr. Martin había sido causada por una persona zurda y el Sr Martin no lo era, tampoco se había hallado el arma que la había provocado...
Continuará el próximo martes.
© Todos los derechos registrados. Código de registro: 1708033228390

Comentarios

  1. Otra vez con la miel en los labios. Estaré pendiente al desenlace de esta enigmática historia.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Creo que va a haber bastante intriga los martes, al menos de momento. En el fondo me encanta crear intriga alrededor de cualquier relato. Estoy ahora con el capítulo de mañana.

      Eliminar

Publicar un comentario

Entradas populares de este blog

Doradas a la sal y salsas para acompañar a las doradas

NOTA: esta receta se puede hacer con lubina, dorada y  con lisa o mújol. Y se les puede acompañar con patatas, verduras o con lo que mejor gustéis. Si quieres imprimir esta receta está disponible en:https://www.facebook.com/algomasquecuento
Ingredientes (para cuatro personas)4 doradas de 400 g. aprox. -sal para cocinar al horno (suelen ser de dos kilos y se venden en cualquier supermercado). Preparación:
   Colocamos las doradas enteras (con su piel) en una bandeja de horno cuyo fondo esté cubierto de la sal. Un truco para que no tengamos luego que pasarnos mucho tiempo limpiando sería cubrir previamente la bandeja con papel de horno y luego cubrirlo con la sal.    A continuación, cubrimos los pescados con el resto de la sal, pero atentos, tenemos que dejar el ojo del pescado al descubierto, pues cuando el ojo se ponga blanco eso nos indicará que el pescado ya está hecho.


   Una vez que lo tenemos cubiertos, lo entramos en el horno que lo habremos pre-calentado previamente, y lo pondremos a