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El pintor y la muerte.

"El pintor" cuadro de Ana Iglesias.
     Hacía tiempo que había perdido interés por la pintura, no tenía ganas de seguir adelante, lloraba amargamente por la mujer de sus sueños. Rezaba cada noche pidiendo entre lágrimas que su sufrimiento acabara, no quería seguir viviendo así, no podía con tanto dolor, se sentía herido de tal manera que ya no podía pensar con claridad ¿Por qué se fijaría en mi? se preguntaba.

 Era feliz antes de conocerla, tenía ilusión por la vida, tenía inspiración. Entró en su vida como un huracán que lo revuelve todo, le hizo sentir una pasión como nunca antes había sentido; pero luego, sin avisar ese fuego se fue volviendo frío, fue alejándose, se volvió indiferente. "Debí hacer caso del mensaje anónimo en el  que alguien que firmaba como una víctima del egoísmo de esa mujer, me avisaba de que destrozaría mi vida de la forma más cruel". Pero no quiso hacerle caso; ella que tantas bellas palabras de amor le había regalado, que tantas promesas le había hecho y que había sido para él la inspiración de muchos de sus cuadros le había sustituido por un pintor más joven. Ahora cuando pasaba por su lado le volvía la cara, intentaba no coincidir con él para ahorrarse el trago de sus reproches; se había vuelto fría como el hielo e incluso le mandó una nota diciéndole que no la molestara más y que se buscara otra marchante. 
   
    Su casero, Martín, estaba preocupado, le había conocido hace mucho tiempo cuando era un joven alegre y bullicioso, con ganas de vivir. Le encantaban sus cuadros, tan llenos de color, de vida, era realmente bueno. Algo cambió, sus paisajes se volvieron grises, llenos de tristeza y melancolía, las gentes de sus cuadros parecían tristes, rotos de dolor. Martín estaba realmente preocupado por su amigo, y lo peor es que hacía tiempo que no vendía ningún cuadro, con lo que apenas tenía dinero para comer; y mucho menos para pagar la habitación.     Desde hace dos meses, aceptaba como pago un cuadro pintado por su amigo, a cambio le perdonaba el pago del alquiler y le daba algo de comer. Desde ese tiempo, la habitación permanecía en penumbra día y noche, y únicamente salía a comprar una botella de Whisky; para ello empeñaba parte de las pocas pertenencias que aún le quedaban. Luego vencido por el sopor del alcohol, caía rendido en la cama totalmente deshecha. 

Cuando se levantaba por la mañana, buscaba qué sería lo próximo para poder vender, necesitaba el alcohol para poder olvidar el dolor que sentía  por el amor hacia esa mujer. Ese amor era como un veneno que había penetrado en sus venas, suavemente, dulcemente, y ahora  no sabía como arrancársela del corazón. Se preguntaba cómo se puede amar de esa manera, sentía que no podía vivir sin ella, necesitaba mirarla todos los días, hablarle, necesitaba que ella le dijera solo una cosa, algo vital para él, solo una...que lo quería; pero no había un gesto de amor en ella. Solo recibía frialdad, indiferencia, se sentía morir, quería morir, pedía entre lágrimas acabar con su sufrimiento.

   Aquella noche algo iba a ocurrir en su vida, algo inesperado, de repente alguien llamó a la puerta. Se levantó algo mareado por el efecto del alcohol y tambaleándose se dirigió a la puerta, al abrir no vio a nadie. Pensó que debía ser Martín, pero al bajar se encontró con Martín que le dijo que el no había llamado. 

De regreso a su habitación, comprobó que se había dejado la puerta abierta, algo confuso entró dándose de bruces con una dama muy bien vestida, con capa oscura que ocultaba su rostro blanco como la nieve, no sabía quién era.
 Ella le saludó amablemente ofreciéndole su mano en señal de cortesía, al besarla notó que estaba fría como el hielo. Ella le dijo que estaba allí para encargarle un cuadro que estaba segura que sería el mejor cuadro de su vida, que no se preocupara que le adelantaría algo de dinero para comprar pinturas nuevas, le miró fijamente y le dijo que se alegrara que había sido escuchado, ella sería su nueva marchante. Algo atontado por el alcohol no supo que decir, estaba confuso, pero al final aceptó el encargo. Ella le dio como plazo una semana, y para comprobar que cumplía su palabra le visitaría cada noche. Sacó una bolsita negra de su bolso y se lo dejó encima de la mesa del escritorio diciéndole que ese era el adelanto por su trabajo, y le recomendó cumpliera su trabajo.

    Por la mañana, al levantarse sintió algo distinto, por fin alguien había confiado nuevamente en él, se aseó y abrió las persianas para que entrara de nuevo el sol en esa sombría y lúgubre habitación. Bajó silbando, lo que sorprendió a Martín, se saludaron y le habló sobre la visita de la noche anterior. Martín se quedó algo perplejo, ya que él no vio a ninguna persona a esas horas y, mucho menos a una mujer.

    Compró lienzos nuevos, pintura, barnices, disolventes, pinceles nuevos y algunos cuadernillos de dibujo. Después se marchó en dirección al café La Bohème, allí se pidió un buen desayuno, café con leche, croissants y un zumo de naranja recién exprimido. Aquello le supo a gloria bendita, hacía tanto tiempo que su estómago no recibía alimento alguno que casi le sentó mal. Pagó y al salir se topó con ella, quien al verle así aseado y bien vestido se quedó fija mirándole como el que espera algo, pero ahora era él quien le pagaba con la misma moneda, con la misma indiferencia, sí.... ahora ella sabría como se siente alguien cuando le ignoran, ahora sabría como corroe esa cruel frialdad con la que le solía obsequiar cada vez que él intentaba hablar con ella. 

Se marchó hacia su estudio, tenía una idea para el cuadro que aquella mujer misteriosa le había encargado, miró en su bolsillo y cogió la bolsita, y leyó una tarjeta que había en su interior. En la tarjeta, estaba el nombre de la misteriosa mujer, Florence Labellemorte, en la parte inferior figuraba su profesión: marchante.
   Empezó a trabajar en el proyecto, pero al mismo tiempo tuvo la inspiración para un segundo cuadro. Se sentía inspirado, tanto que no había reparado en que no había comido nada en toda la mañana desde el desayuno, bajó a un restaurante cercano y comió algo. De camino hacia el estudio se encontró con un pintor amigo suyo, que se alegró de verle, todos le daban por acabado. Es más, le comentó que ella iba diciendo por los corrillos de los cafés en los que se reunía lo más granado del mundo de la pintura, que él era un fracasado, que se había rendido, y que no quería saber nada de un don nadie como él. Oír aquello fue como si un cuchillo le atravesara el corazón, sintió rabia, rencor. Cómo podía hablar así alguien que hace un mes le juraba que le amaría siempre, que por él daría su vida, que nunca había conocido a nadie como él. Ahora sentía que aquella nota misteriosa que recibió era la de alguien que había pasado por lo mismo, que quiso advertirle para que no sufriera, que aquel anónimo quizás era un buen amigo.
   Volvió al estudio con una botella de Whisky, quería olvidar todo lo que le había comentado aquel individuo, hubiera preferido no haber oído esos comentarios.

¿Por qué son tan crueles las personas? preguntó en voz alta, como si hablara con alguien. ¿Acaso no se dan cuenta que hacen daño con sus comentarios? volvió a preguntar esperando respuesta.  Al cabo de un rato, oyó que llamaban a la puerta, abrió y era la visita prometida, puntual y exacta. Saludó a la mujer por su nombre.
 -¡Buenas noches Madame Labellemorte!
-¡Buenas noches! veo que ha iniciado su trabajo. Eso me gusta- contestó ella mirando fijamente el esbozo que había dibujado en el lienzo.
  La miró fijamente, y se dio cuenta que en ella había algo que le inquietaba bastante, no sabía como explicarlo. Era una mujer joven -o por lo menos a él se lo parecía-, algo extraña, pensó si sería extranjera. 
 Era rubia, con la tez muy pálida, y siempre con la capa negra y una capucha puesta ocultando su larga cabellera rubia. Sus ojos eran negros; pero muy tristes; le sonreía amablemente, pero su sonrisa no le producía más que escalofríos. Le preguntó si el encargo era para algún cliente especial o algo así. Ella que ahora se había parado frente al cuadro que estaba pintando, se volvió y le miró fijamente, de nuevo volvió a sentir aquella sensación de inquietud.
- El cliente es una galería de arte, la de Monsieur Renaud, ¿la conoce?
- Sí, pero Monsieur Renaud falleció hace dos meses, no entiendo -dijo extrañado.
-Sí, pero no sé si sabrá que ahora la dirige su sobrino Gaston Renaud, y que está interesado en hacer una exposición con sus cuadros, fue el quien me sugirió que sería bueno que hiciera algo nuevo.
- En ese caso, haré el mejor cuadro de todos cuantos haya pintado hasta ahora- dijo él con la rabia en sus ojos, recordando la conversación de la tarde.
- Bien, entonces volveré mañana para ver como marcha todo.
  Se despidió de la mujer y empezó a trazar un esbozo de lo que sería un segundo cuadro en uno de los cuadernillos. 

   Madame Labellemorte, estuvo visitándole durante toda la semana.


   Llegó el último día del plazo convenido, el se mostraba contento con su obra, pero igual de vacío por dentro. Tenía ganas de mostrar su obra a Madame Labellemorte, y cobrar por su trabajo. La verdad es que era un buen cuadro, estaba orgulloso de su obra final. 
Llegó la noche, y llamaron a la puerta, era Madame Labelle, llegaba a la hora exacta como cada noche y después de examinar su trabajo le dijo que los dos cuadros eran realmente buenos y que le harían famoso. Y acto seguido se quitó la capa, dejando al descubierto su larga cabellera rubia; parecía más blanca aún, casi etérea, como sin vida. Al mirar sus ojos descubrió con horror que todo este tiempo había estado tratando con la muerte sin saberlo, que había decidido darle la oportunidad de ser inmortal a través de su última obra. Ella le aconsejó que escribiera una nota dejándolo todo arreglado para que los cuadros fueran a parar a la galería Renaud, que podría despedirse de quien quisiera. Le extendió la mano y con una sonrisa cálida y amable le pidió que le acompañara, él obediente la siguió.

 Al cabo de tres días, sin saber nada de él, Martín llamó a la policía y entraron en la habitación dónde yacía sin vida, con una sonrisa en los labios y sobre el escritorio estaban los dos cuadros cuidadosamente empaquetados. En uno de ellos había una nota en la que se rogaba la entrega para la galería Renaud, y sobre la mesilla de noche había un sobre naranja en el que había una cantidad considerable de dinero para Martín, para pagarle todo lo que le debía y porque era la única persona que se había portado con él como si fuera su verdadera familia.



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