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El viaje de un pequeño gorrión.

    Ven a la ciudad me dijeron, allí la vida es mucho más alegre. La ciudad está llena de vida, de colores inimaginables. En los parques,los niños corren alegremente y dan de comer a las aves que habitan en ellos. 
    Mi tío Renato, un gorrión presumido y altanero, que se jactaba de vivir cómodamente en la ciudad, hablaba de mil y una aventuras. De como al anochecer la ciudad se vestía de luces de todos los colores, de los deliciosos manjares que  había degustado, de la música, de tantas cosas bellas que ardía en deseos de conocer, y no lo dudé ni un segundo.
   Después de discutirlo durante mucho tiempo con mis mayores, tomé la firme decisión de emprender el viaje al paraíso..... o al menos, eso creí yo.
     Antes de llegar al destino soñado, pasé por algunos pueblos en los que conocí a otros gorriones jóvenes como yo.Y fue así como conocí a mis tres compañeros de viaje.
 Al igual que yo habían oído hablar de las maravillas de la gran ciudad. Así que proseguimos el viaje juntos.
      Después de un largo viaje llegamos a la soñada ciudad. Era cierto, ante mis ojos estaba un mundo desconocido hasta ahora. Era maravilloso, enormes edificios y grandes jardínes. Teníamos sed, así que buscamos algún lugar dónde poder beber. Tuvimos suerte, encontramos un parque dónde pudimos saciar nuestra sed con agua clara y fresca.


      Teníamos hambre así que nos dispusimos a buscar aquellos manjares de los que tanto habíamos oído hablar, pero solo vimos a los humanos, que iban a toda prisa de un lado para otro, ni rastro de niños jugando en ese parque. En  ese momento sólo vimos a  un hombre que hacía labores de limpieza en los jardines del parque. Me fijé en un matorral de bellas rosas rojas y en un gusano que estaba haciendo equilibrios en la flor, así que me dispuse a dar buena cuenta de tan delicioso bocado cuando una fuerza imprevista me lanzó al suelo de un golpe certero. Atontado por tal embestida, intenté volver en mí, al incorporarme sobre mis delicadas patitas comprobé que se trataba de mi tío Renato que me llamaba insensato y algunas lindezas que no logro recordar. Me echó una monumental regañina y me explicó que aquel gusano no hacía equilibrios, sino que se movía agonizante por el uso de un producto químico para eliminar los insectos de tan bello jardín. 
        Mi tío Renato, viejo gorrión experimentado en la vida  en distintas ciudades del mundo, amablemente nos invitó a conocer la ciudad a condición de que prometiéramos regresar de nuevo a nuestro hogar. Le hicimos caso, así que nos llevó a los jardines de un parque dónde habían niños jugando con sus mascotas, pero eso no era nada nuevo para mí. En el pueblo de dónde vengo los niños también juegan con sus mascotas. Luego fuimos a ver los grandes edificios de la ciudad, eran como enormes gigantes de ladrillo y cemento. Pero apenas había árboles en los que resguardarse del calor que provenía del asfalto y de esos gigantes enormes. Pude notar en mis pulmones un olor que me ahogaba, apenas respiraba bien, así que mi tío Renato nos llevó a una zona en la que pudiéramos tomar resuello y proseguir con la visita turística. 
   Empezó a anochecer y aparecieron ante nuestros ojos innumerables luces de colores. Era hermoso contemplar tal sinfonía de colores. Estábamos maravillados por tan bellísimo espectáculo. Nunca habíamos visto nada igual. Nuestro guía para compensarnos del esfuerzo del viaje nos invitó a comer esos deliciosos manjares y nos llevó cerca de un edificio en el que había unos rótulos de colores y del que emanaba un olor delicioso. Debía ser uno de esos locales dónde van los humanos a comer. El olor de la comida nos hacía soñar con esas delicias de las que habíamos oído hablar tanto, así que nuestro guía nos llevó a la parte de atrás del edificio. Allí había numerosas bolsas de plástico oscuro. Mi tío empezó a picotear y nosotros le ayudamos. Logramos abrir un agujero y la comida empezó a desparramarse por el suelo y nosotros a comer. Pronto nos daríamos cuenta que nuestro particular banquete acabaría antes de lo deseado. Acudieron nuestros peores enemigos, los gatos. Al primer ruido de aproximación nos pusimos en alerta y salimos por alas de la zona de peligro. 
   Nos fuimos a descansar de tanta aventura y reponernos de tantas emociones. Al día siguiente debíamos emprender el vuelo de regreso. Apenas podía ver el cielo estrellado que tanto me gustaba contemplar antes de dormirme. Esas luces de la ciudad me lo impedían. Debo confesar, que prefiero la luz de la inmensidad del firmamento que millones de luces de colores por muy maravillosas que parezcan al principio. 


    Intenté conciliar el sueño pero los ruidos de ese gigante llamado ciudad me lo impedían. No entendía como esa vida tan ajetreada y llena de miles de peligros puede atraer tanto. Y lo peor de todo era ese aire irrespirablemente denso, asfixiante, envenenado por el humo que proviene de esas bestias metálicas llamadas automóviles y de las chimeneas de los edificios. Mi tío Renato se pasó toda la noche tosiendo, al respirar emitía un ruido chirriante como el de un muelle oxidado, a veces su respiración se cortaba como si ya no fuese a respirar más y sentí miedo. Fue entonces cuando me di realmente cuenta de que la vida en la ciudad no era tan idílica, de que no deseaba vivir en un ambiente enrarecido, ruidoso y contaminado. Y al final, ya rendido por el cansancio pude conciliar el sueño.


   Los primeros rayos de sol acariciaban mis ojos, debido a mi cansancio me costaba abrirlos. Al final me desperté y contemplé  el amanecer del día. Fue entonces cuando divisé el cielo de esa gran ciudad.
  El cielo en la mañana no tenía ese azul limpio y claro al que yo estaba acostumbrado, sino un azul grisáceo y difuso, un cielo enfermo, un cielo triste. Me entró un deseo enorme de volver y desperté a los demás y  también a mi tío. Les dije que era hora de volver y que no retrasaría mi vuelo ni un segundo más.
  Emprendimos la vuelta a casa, y contemplamos con alegría como ese azul grisáceo y plomizo se tornaba cada vez más nítido, el color se volvía  más fuerte y vivo. El aire que ahora respirábamos se nos antojaba más puro, libre de humo y nuestros pulmones se sentían ahora más limpios. Llegamos al pueblo de mis compañeros de viaje y me despedí de ellos. Prometieron hacerme una visita de vez en cuando.


  Tomé fuerzas para proseguir mi vuelta de regreso y la alegría de volver a ver los campos de los que no hacía ni dos días que salí fue inmensa. Ese inmenso mar dorado de espigas de trigo que se mecían al compás del viento en la extensa llanura  ahora se mostraba  idílico ante mis ojos. Conforme más me adentraba en la espesura del campo  más ágil me sentía y ahora podía distinguir olores que me eran familiares, el brezo, romero, tomillo....Y al fin, en el horizonte pude divisar el pueblo dónde se halla mi familia, dónde está mi hogar ...Sí un lugar, en el que las más maravillosas luces son las estrellas que adornan el firmamento, dónde el aire aún es puro y dónde yo soy feliz.

Fotografías cedidas amablemente por su autor: Ángel J. Nicolás Esteve.

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