Ir al contenido principal

Me está mirando IX

Le tocaba hacer guardia esa noche, aunque hubiera preferido quedarse en su casa tirada en el sofá viendo su programa musical favorito. Mac Farlane estaba medio adormilada en su mesa delante de la pantalla del ordenador. Gertrud, la enfermera de guardia, se acercó para llevarle un café caliente. Al depositar la taza sobre la mesa un ruido extraño llamó su atención y la de Mac Farlane que dio un respingo.
-Gertrud, acércate a ver qué pasa-dijo bostezando con cara de fastidio. -Parece que la doctora Svenson está aún en su consulta-contestó Gertrud.
-No digas tonterías, la doctora se fue hace más de una hora, anda vete a ver qué pasa.
Respiró hondo y se dirigió hacia el despacho de la doctora Svenson, por un momento creyó oír la risa de un hombre, pero las luces del despacho estaban apagadas. Abrió la puerta y encendió la luz, no había nadie. Se sobresaltó cuando de repente una ráfaga de aire hizo que se movieran las cortinas las cortinas y los papeles que habían sobre la mesa volaran cayendo…

¡Maldita cobardía!

   
Se encerró en su despacho, como en tantas ocasiones, con una botella de whisky sobre la mesa y dos cartas. Abrió el cajón secreto y de él sacó un viejo camafeo. Acarició la imagen con ternura y luego cerró los ojos, como hacía muchas tardes empezó a evocar su juventud, su amor, su primer y único amor. Millones de veces se había hecho la misma pregunta, ¿cómo hubiera sido mi vida de haberme casado con Elvira? Pero no fue así. Elvira era una simple criada y él era el hijo del señor y, como tal, debía casarse con Soledad, la hija del Notario. Así lo habían dispuesto sus padres y él obedeció sin oponer ninguna resistencia.
¡Maldita cobardía! se decía siempre.Cuántas veces había soñado con un destino distinto, con haberse rebelado contra aquella estúpida costumbre de clases e imposiciones absurdas, con escaparse con Elvira y su hijo. Porque Elvira estaba esperando un hijo, sí un hijo suyo, un hijo de ambos, un hijo fruto de su amor; pero él, en vez de apoyarla, fue un cobarde y un miserable, dejándola sola ante las habladurías de la gente.

  Sola y en boca de todos, Elvira no tuvo más remedio que marcharse a otra ciudad y rehacer su vida. Una vida no exenta de sufrimientos al principio, pero consiguió un buen trabajo en casa de una familia bien situada y allí conoció a Luis, el chófer, de quien se enamoró y con el que formó una familia, una feliz familia.

   Él, por su parte, aceptó la imposición de sus padres y se casó con la hija del Notario. Su esposa Soledad era una mujer joven y bella, pero él no la amaba. A ella solo le unía el gusto por la literatura y una venerada actitud de respeto, nada más. Solo tuvieron un hijo, Alberto, que al cumplir la mayoría de edad se marchó a la ciudad a estudiar. Intentó ser un buen padre para él, darle lo que no pudo darle al otro, pero lo malcrió en exceso. Un buen día se marchó a la ciudad y desde entonces empezó a vivir a todo lujo, todo con el consentimiento de su madre, que debido a la indiferencia de su marido se dedicó en cuerpo y alma a las reuniones de amigas y a comprar compulsivamente. Quizás lo hacía empujada por sentirse olvidada, o quizás fuese para vengarse de su destino al lado de un hombre al que no amaba.

Tras tomarse la primera copa desató aquella carpeta de cuero negro. Una decena de hojas de periódico ya amarillentas. En aquellos titulares estaba su pasado:"el joven empresario Enrique Martínez inaugura otra fábrica". En todos aquellos diarios se hacían eco de su éxito arrollador, de su carácter innovador y su acertada visión en todos los negocios. Junto a él siempre aparecía su madre, tan bella como siempre. Pero también aparecían sus dos hermanos y un hombre bien parecido al que siempre le agradecía todas sus enseñanzas y todo lo que él había logrado, su padre. Sí aquel joven y exitoso era su hijo, aquel a quien nunca vio crecer, a quien nunca tuvo la oportunidad de abrazar, llamando padre a otro hombre que no era él. Empezó a llorar, sus lágrimas caían como un torrente. En la mesa del despacho había desplegado todas la fotografías, y sobre ellas una pistola y las dos cartas. Estaba decidido, no quería vivir con ese sufrimiento toda la vida.

    En la calle llovía apaciblemente, Soledad disfrutaba como tantas tardes de su partida de bridge con sus amigas. La servidumbre en el nº 12 de la Plaza Mayor se dedicaba a secar con esmero la vajilla y a guardarla cuando de pronto se oyó un ruido fuerte y seco que provenía del despacho. El mayordomo apresurado empezó a llamar al señor, pero nadie contestaba. Golpeó la puerta con fuerza, pero no se abrió. La criada alertada por el mayordomo salió corriendo a casa de doña Leonor para avisar a doña Soledad de que algo malo había ocurrido. Tras varios intentos, Jenaro, consiguió abrir la puerta. Allí estaba don Enrique, muerto, con la cabeza sobre la mesa y la sangre empapando las fotografías que estaban sobre la mesa.

Al llegar Soledad, el mayordomo le dio la carta que iba dirigida a ella y se guardó el camafeo y la carta que iba dirigida a Elvira, le aconsejó que no entrara en el despacho. Soledad, conmocionada por lo sucedido se desplomó de golpe. Y al cabo de reponerse leyó la carta dirigida a ella, en la que le pedía perdón por todos los años de indiferencia, fruto de su maldita cobardía. Y le contaba la verdad, aunque no hacía falta, ella ya lo sabía desde mucho tiempo atrás...

Comentarios

Entradas populares de este blog

Doradas a la sal y salsas para acompañar a las doradas

NOTA: esta receta se puede hacer con lubina, dorada y  con lisa o mújol. Y se les puede acompañar con patatas, verduras o con lo que mejor gustéis. Si quieres imprimir esta receta está disponible en:https://www.facebook.com/algomasquecuento
Ingredientes (para cuatro personas)4 doradas de 400 g. aprox. -sal para cocinar al horno (suelen ser de dos kilos y se venden en cualquier supermercado). Preparación:
   Colocamos las doradas enteras (con su piel) en una bandeja de horno cuyo fondo esté cubierto de la sal. Un truco para que no tengamos luego que pasarnos mucho tiempo limpiando sería cubrir previamente la bandeja con papel de horno y luego cubrirlo con la sal.    A continuación, cubrimos los pescados con el resto de la sal, pero atentos, tenemos que dejar el ojo del pescado al descubierto, pues cuando el ojo se ponga blanco eso nos indicará que el pescado ya está hecho.


   Una vez que lo tenemos cubiertos, lo entramos en el horno que lo habremos pre-calentado previamente, y lo pondremos a