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Me está mirando IX

Le tocaba hacer guardia esa noche, aunque hubiera preferido quedarse en su casa tirada en el sofá viendo su programa musical favorito. Mac Farlane estaba medio adormilada en su mesa delante de la pantalla del ordenador. Gertrud, la enfermera de guardia, se acercó para llevarle un café caliente. Al depositar la taza sobre la mesa un ruido extraño llamó su atención y la de Mac Farlane que dio un respingo.
-Gertrud, acércate a ver qué pasa-dijo bostezando con cara de fastidio. -Parece que la doctora Svenson está aún en su consulta-contestó Gertrud.
-No digas tonterías, la doctora se fue hace más de una hora, anda vete a ver qué pasa.
Respiró hondo y se dirigió hacia el despacho de la doctora Svenson, por un momento creyó oír la risa de un hombre, pero las luces del despacho estaban apagadas. Abrió la puerta y encendió la luz, no había nadie. Se sobresaltó cuando de repente una ráfaga de aire hizo que se movieran las cortinas las cortinas y los papeles que habían sobre la mesa volaran cayendo…

No soy gilipollas, soy feliz


   Desde niño, aquellos ojos verdes y soñadores se habían convertido en objeto de bromas y de burlas. Simón, que así se llamaba, no hacía caso. Él siempre iba tarareando una canción. Como si fuese un escudo contra todo mal, esbozaba su sonrisa, una sonrisa amplía y sincera. No como la de los demás.
     Fue creciendo, y Simón seguía sonriendo a la vida como si tal cosa. Se había quedado solo, aunque no del todo, una tía viuda y huraña, Angustias, se hacía cargo de él.
     Al despuntar el día, Simón, se vestía con la mejor de sus sonrisas, un pantalón vaquero viejo y algo desgastado y una camisa, casi siempre de cuadros rojos y negros. Salía temprano y hacía recados a algunos vecinos del pueblo. Esa era su forma de ganar algunas monedas para subsistir. Cuando acababa sus quehaceres diarios se paseaba por el bosque estudiando escrupulosamente todo su entorno. Observaba minuciosamente el comportamiento de cada uno de los habitantes de aquel bosque de hayedos y abedules próximos al pueblo. Sus inmensos ojos verdes escudriñaban el cielo en busca de cualquier ave que surcara el cielo y se quedaba embobado al ver corretear por el monte a los ciervos, o el salto de las truchas en el agua fresca de aquel río en el que solía combatir los rigores del caluroso verano.
      Los jóvenes de su edad le solían gastar bromas. Le llamaban tonto; alguno más cruel, como Vicente-el señorito del pueblo-le llamaban gilipollas. Algunos, los pocos, salían en su defensa, y él siempre les decía: no pasa nada, y que sepan todos que yo no soy gilipollas, soy feliz y por eso me tienen envidia.
      Pero el destino, hizo que Vicente-el señorito del pueblo- tuviera un grave accidente de tráfico, quedando postrado en una cama como un mueble viejo. Y todos le abandonaron. Todos menos Simón, que cada día le llevaba un rayo de alegría a su vida. Y Vicente lloraba, lloraba por haber sido tan cruel con aquel joven. Y ya no le llamaba gilipollas, le decía que el gilipollas había sido toda la vida él y los que como él se habían burlado de su felicidad. Y Simón le sonreía, con esa sonrisa abierta y sincera. Le cogía en brazos y le sacaba al jardín y lo colocaba cuidadosamente en un sillón para que pudiera contemplar junto a él todo lo que le brindaba la naturaleza y le contaba historias que jamás había oído y que le resultaban maravillosas.
     Mirándolo a los ojos aquel hombre ya no le parecía tan tonto, solo le parecía un hombre sencillo e incomprendido, pero feliz con la suerte que le había tocado vivir. Y le envidiaba, le envidiaba mucho, pero también lo quería, porque aquel hombre le había demostrado ser el mejor de los amigos que jamás nunca tuvo y que el ser feliz no era cuestión de posición o dinero, ni siquiera de inteligencia, sino de actitud ante la vida.

Texto registrado en Safe Creative Código: 1504253930057

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NOTA: esta receta se puede hacer con lubina, dorada y  con lisa o mújol. Y se les puede acompañar con patatas, verduras o con lo que mejor gustéis. Si quieres imprimir esta receta está disponible en:https://www.facebook.com/algomasquecuento
Ingredientes (para cuatro personas)4 doradas de 400 g. aprox. -sal para cocinar al horno (suelen ser de dos kilos y se venden en cualquier supermercado). Preparación:
   Colocamos las doradas enteras (con su piel) en una bandeja de horno cuyo fondo esté cubierto de la sal. Un truco para que no tengamos luego que pasarnos mucho tiempo limpiando sería cubrir previamente la bandeja con papel de horno y luego cubrirlo con la sal.    A continuación, cubrimos los pescados con el resto de la sal, pero atentos, tenemos que dejar el ojo del pescado al descubierto, pues cuando el ojo se ponga blanco eso nos indicará que el pescado ya está hecho.


   Una vez que lo tenemos cubiertos, lo entramos en el horno que lo habremos pre-calentado previamente, y lo pondremos a